Las palabras expresadas en el discurso por el presidente Chávez en estas dos últimas semanas, han sido muy reconfortantes. Un discurso ponderado con el momento polÃtico que vivimos, sin dejar de ser un alerta para todos los que creemos en la Revolución bolivariana.
La reflexión y la espiritualidad han sido los marcos en que se han movido sus palabras, un insuperable llamado a la UNIDAD y al desarrollo espiritual de las concepciones que mueven y propulsan este nuevo modelo de sociedad participativa. La conciencia como el núcleo que configura un proceso en pleno auge. Muchas horas para tratar de explicar una conceptualidad que se disputa por erradicar el dispendio colectivo con que algunos pretenden manejar nuestra Revolución.
El clamor al estudio del conocimiento que marca distancia entre lo nuevo y lo viejo, premisas aceptables como trasformadoras de una sociedad solidaria, colectiva, en procura por alcanzar el bienestar total. Muchos han entendido el bienestar en términos materiales, contrarios a la propuesta que nos brinda el Presidente desde su alma. No se ha aprendido a saborear la riqueza del espÃritu. El equilibrio entre lo bueno y lo malo, entre lo necesario y lo innecesario. Fallas que sólo podemos corregir nosotros mismos.
Durante décadas hemos sido programados con una suerte de adicción a medir nuestro bienestar de acuerdo a lo que poseemos, una tesis material que hoy golpea al mundo globalizado. Nos hemos dispersados en programar un futuro lleno de muchos bienes materiales, olvidando las cosas más importantes de nuestro presente: el amor, como la raÃz motora de nuestra riqueza espiritual.
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