Como no me rijo por las normas del protocolo diplomático, permÃtame ir al grano de manera directa y sin mayores hipocresÃas, aun cuando, como lo sabemos, el uso de la franqueza y la honestidad no sea precisamente el arte que a usted le desvele.
Para el mundo entero la forzada risita de colmillo que usted adorna tan meticulosamente con esa inocente mirada de pajarito en orfandad, es probablemente el más elaborado código de falsedad que se conoce hoy en dÃa, habida cuenta de su propio delirio por el truco, la tramposerÃa y la adicción al engaño.
Una vergüenza de la historia que por su solo y descabellado afán belicista prefiere terminar en el más inmundo tremedal de los tiempos antes que atender las inmensas penurias de su pueblo, pretendiendo en todo momento presentarse como un candoroso cultor del buen proceder y la buena intención como si la gente no supiese detectar a los farsantes del poder. Eso es lo que usted es.
Sin embargo, no voy a referirme a eso, que a fin de cuentas son asuntos suyos de tipo personal que no nos incumben a los venezolanos. En la visión profundamente democrática y tolerante que hemos aprendido a cultivar de esta parte del Meta, inspirados fundamentalmente por la palabra orientadora de nuestro querido presidente, los defectos del prójimo no son obstáculo para la solidaridad sino razones para el respeto y la condescendencia.
Por eso a usted se le recibe hoy aquà con la debida decencia y por las obligaciones de Estado que el presidente Chávez respeta, en el suelo del mismo BolÃvar que usted y sus santanderianos ancestros mancillan con tan demencial gozo a cada rato en medio de su frenético culto a una apátrida oligarquÃa cada vez más desfasada y repugnante.
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